lunes 26 de octubre de 2009

Jaime Gil de Biedma

Entrevista al poeta español Jaime Gil de Biedma, realizada por Harold Alvarado Tenorio





Jaime Gil de Biedma nació en Barcelona en 1929 en el seno de una familia de la alta burguesía. Estudió Derecho en Barcelona y Salamanca, por cuya universidad se licenció. Su estancia en Oxford, en 1953, le puso en contacto con la poesía anglosajona del momento que influiría en su obra, aunque también es deudor de Luís Cernuda o César Vallejo. Desde 1955 trabajó en una empresa ligada a su familia. Su obra poética no es muy extensa pero ha sido considerada como una de las más interesantes de su generación, la de los poetas sociales de los años cincuenta. No se limitó a utilizar la poesía para expresar una rebeldía política sino que profundizó en el uso de la palabra como material estético y en la consideración del poema como experiencia. Su primer libro, Según sentencia del tiempo, apareció en 1953; después publicó, entre otros, Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) yPoemas póstumos (1968). Escribió agudos ensayos literarios y, después de su muerte, se editó un diario suyo, Retrato del artista en 1956 (1991). Murió en 1990 en su Barcelona natal.


Entrevista




- Usted desciende de notables familias catalanas y castellanas…
- Bueno, me parece un poco aburrido hablar de eso. Pero si a los colombianos interesara, diré que si, que desciendo de una familia de esas llamadas de toda la vida, gente decente, donde vivir y hablar era parte de una trama para hacer de ambas una expresión de la cultura. Yo tengo un bisabuelo, que como muchos de sus paisanos franceses que iban a otras partes y no sabían hacer nada, hacía trenes; tengo un bisabuelo andaluz, pero nací en Barcelona. Lo cierto es que más que a mis padres, los recuerdos de mi niñez se remontan a mi nana, que se llamaba Modesta Madridano. A nosotros nos criaron las domésticas, que llaman ustedes en América. Mi padre Luís Gil de Biedma y Becerril era un empresario que trabajaba con grandes consorcios de la época. Le gustaba la equitación, la velocidad, tenía motos y fabulosos automóviles de moda. Se había recibido de abogado en Madrid, tocaba al piano y cantaba piezas de jazz. Estuvo un tiempo durante la guerra colonial en Marruecos pero luego regresó a Madrid y abrió una casa en Segovia, en La Nava de la Asunción, donde yo pasé unos años durante la guerra civil…

- Y su madre….

- Mi madre era de Valladolid, y estudió en Inglaterra. María Luisa Alba volvió a España tras el fin de la guerra del catorce, era una mujer progresista, y mas que española era inglesa. No creo que eso tenga mucho interés a la hora de hablar de literatura… Pero quizás le guste enterarse que mi abuelo Santiago Alba y Bonifaz fue periodista, diputado en Cortes y gobernador de Madrid, además de ministro de Marina, de Hacienda, Gobernación, etc. Primo de Rivera lo obligó al exilio, luego regresó cuando la república y Niceto Alcalá Zamora le confió la formación de un nuevo gobierno, con el asesinato de Calvo Sotelo abandonó otra vez el país…

- Me dice que la guerra civil la pasó en un pueblo cerca de Segovia…

- Si, La Nava de la Asunción, un pueblo que remonta su historia al segundo milenio antes de Cristo, un pueblo de castellanos, creado por Carlos III en honor de la virgen, donde todavía hay una línea de ferrocarril que regalaron prácticamente los vecinos, tanto el terreno, como las traviesas para los puentes, los postes del telégrafo, los pasos a nivel…Allí supimos del inicio de la guerra, en Alto de los Leones, donde se dieron las primeras batallas del centro de España. Durante días la gente mayor escuchaba la radio, esperando las peores noticias, o quizás las mejores, y a los chicos nos hacían ir a otros lugares, como los parques o las plazas. Fue una época relativamente feliz, a los niños no parece importarles las guerras, o hacen de la guerra un divertimiento, un juego que los mayores no entienden en medio del terror de la vida diaria. Mi hermana, por ejemplo, jugaba al hospital de los heridos con nuestra prima y mi hermano Luís. En cambio nuestros padres y parientes, éramos siete los hijos, cinco los primos, las institutrices, tía Isabel y las criadas,  oraban el rosario o entonaban una salmodia de ruegos al Sagrado Corazón o a la Virgen María para salvar a España.
Durante la guerra no hice otra cosa que leer y disfrutar de los paisajes. La guerra me permitió aprender a leer, aprender a releer, a pensar sobre lo leído y a recitar de memoria largos poemas, como ya casi no hacían muchos de los intelectuales de ese tiempo. Las
misses que nos educaban nos llevaban de continuos paseos, así aprendí a amar la naturaleza, a saber de la belleza de los árboles y las aves. Pero también recuerdo los cientos de balas que recogíamos en los caminos o los cadáveres de los muertos en los combates o en los cementerios.

- Sin embargo, a la hora de estudiar, hizo derecho…

- Si, los hijos de la clase vencedora hacían derecho; filología y filosofía eran asunto de señoras o de monjas, derecho permitía saber de unas cosas como de otras, o ir de unas a otras de manera cómoda. Además las gentes de mi clase estudiaban derecho, en mi familia hubo siempre una tradición de abogados, de políticos, de empresarios. No creo que mi padre hubiese visto con buenos ojos el que yo estudiase Filosofía y Letras, pero aquello también fue un fracaso. Yo venía de un colegio afrancesado, libertario por decir lo menos, y me encontré con una universidad confesional, de meros trámites para titulares, controlada por fascistas. De no haber hecho amistad con Alberto Oliart o Carlos Barral o José Agustín Goytisolo quizás otra habría sido mi historia en esa universidad…

- Fue entonces, en esos años, cuando se hizo poeta…

- Yo decidí hacerme poeta desde muy joven, cuando tenía diecinueve años, pero mis poemas se publicaron diez años después; no se por qué, pero esa fue mi decisión y un día de esos, luego de haber leído y bebido toda la poesía del mundo, escribí mi primer poema. Primero me eduqué en la poesía del Siglo de Oro, en el simbolismo francés, me leí todo Baudelaire y toda la poesía española del 27. Hacer poesía fue para mí una manera de construirme un muro contra el mundo exterior,  una suerte de andamio contra mis propias debilidades interiores. Luego, cuando a partir de los años cincuenta me interesé por la poesía social, fundé mi propia voz, una voz que luego no he querido dilapidar, repitiéndome. Usted sabe que yo he escrito poco, pero lo cierto es que en algún momento, tras prolongadas imitaciones de voces y formas, alcancé no el poema sino la poesía, una voz, un tono que me hacía idéntico a la imagen que había querido crear de mí ante los otros. Pude saber cuáles eran mis sentimientos, y que deseaba hacer en mi vida. Eso sucedió cuando viví mis primeros treinta años, cuando escribí Moralidades. En esos años yo guardaba como un secreto, en mi cuerpo, esos poemas, y me negaba a ponerlos por escrito, iba con ellos como un tesoro oculto de un pirata, como unas joyas que nunca iría a mostrar a otros, como aquel vendedor de orfebrerías que hay en un poema de Kavafis, que mira cada tarde antes de cerrar la tienda y no muestra a sus clientes, algo así como cuando se hace el amor y se retarda el orgasmo…

- ¿Por qué esos poemas llevan ese título de Moralidades, no es una contradicción con su tiempo y su manera de ser y pensar?

- Las moralidades, que gozaron de gran popularidad en la edad media, son dramas que se representaban en los atrios de las iglesias y catedrales y respondían al propósito de la Iglesia de ilustrar la actitud cristiana ante la muerte. El motivo central era la confrontación entre el Bien y el Mal en el alma de los hombres, aunque la obra siempre concluye con la redención de sus protagonistas. Los personajes de las moralidades no son santos o personajes bíblicos, sino alegorías. Mis poemas de ese libro continúan en la tónica de Compañeros de viaje, son moralejas sobre la hipocresía y la opresión, la amistad y las conversaciones de esos años de torvo franquismo…

- Hay quienes dicen que siendo usted catalán su patria es el español y su alma es inglesa, aparte de tenerlo como un aristócrata de izquierdas…

- Esas deben ser deducciones suyas propias Alvarado. No he oído que nadie en  España diga algo así. Para fomentar sus impertinencias voy a decirle que los Gil descienden de Alonso Gil, un caballero del rey Ramiro del reino de León. Gil quiere decir El Elegido o El Defendido, pero también hubo Gil en los reinos de Valencia, o en Andalucía. Mi abuelo Gil y Becerril casó con una Biedma y Oñate y a él se le ocurrió solicitar licencia para que sus vástagos usaran los dos apellidos fungidos en uno y desde entonces nos llamamos Gil de Biedma. 
Mi lengua materna es el castellano, y en él he escrito todo. Pero mis apellidos tampoco son catalanes, en mi familia no se hablaba catalán y como le he dicho la guerra la pasé en Castilla y luego de la guerra, al volver a Cataluña, el catalán estuvo prohibido por años. Cuando hablo el poco catalán que conozco me avergüenzo de mi acento. Además yo aprendí inglés y francés antes de hablar catalán. En Inglaterra viví algunos meses durante los primeros años cincuentas, en una vieja casona de Eaton Place y como bien puede darse cuenta en su ignorancia yo visto y bebo como un inglés. Estuve en Oxford haciendo unos cursos de económicas, pero en verdad lo que descubrí en Inglaterra fue a Auden primero y luego a Eliot y a William Epson y Mathiew Arnold. Cuando fui a Inglaterra yo estaba intoxicado por la poesía de Aleixandre y la de Guillén. En inglés leí entonces a Spender y aun cuando había leído ya a Eliot en las versiones de Gaos, fue en Londres cuando pude darme cuenta de la magnitud de su obra, de la grandeza de su musicalidad, de su prosodia.

- Ángel González me dijo que usted era de izquierdas pero ya no ejercía…

- ¿Cómo? Usted cree que con esta cabeza de romano, calvo, y con estos ojos azules, soy una suerte de terrorista oculto, o ¿qué? Pero si habré sido, digamos, marxista. De militancia nada, nunca he militado con nada ni con nadie. Yo no creo en esa tesis de que los intelectuales deben meterse a políticos, una cosa son los políticos y otra los intelectuales. Por eso un intelectual trajeado de político es un elemento peligroso, casi siempre terminan siendo tiránicos, sectarios, fanáticos del centralismo democrático y la tesis del partido único. Yo habré sido en cierto momento marxista, me atraía mucho el análisis marxista de la historia, ese arte de anunciar el pasado que decía Valera a partir de la consideración de Marx sobre aquello de que la anatomía del mono solo era compresible a través de la anatomía del hombre. Pero el marxismo es una doctrina difunta, como la novela, un asunto del ayer, de nuestro ayer. Queda sin embargo la ideología, las ideas que gestó, esa manera de sustentar la rebeldía del hombre contra los opresores, eso que uno entiende bien en países como el suyo, del Tercer Mundo, como Filipinas o Cuba. Incluso creo que mis lecturas y aficiones marxistas han quedado en algunos de mis poemas de esos años, pero si, creo que sigo siendo de izquierdas, y a veces, incluso en las noches, ejerzo, ejerzo…

- Ese poema El arquitrabe….

- Ese poema lo hice para divertirme, para burlarme digamos de Franco, nada mas hay allí, y lo entendieron muy pocos, o nadie…Además el paso del tiempo lo ha ido desdibujando, ahora no debe entenderlo nadie, en aquellos años, era divertido recordarle…

- Pasemos entonces a un tema que le seduce: la poesía…

- No creo que podamos definir la poesía, diría mejor que poesía es esa sensación de bienestar, de placer, de gozo que siente alguien cuando se lee, en voz alta, un poema. La poesía no es precisamente lo que sucede cuando se escribe el poema, poesía es el acto de ejecutar el poema. Un poema se hace para ser leído. El poema es poema mientras se lee porque es tiempo y tempo…

- Y ese hecho indefinible, ¿qué produce en el ejecutante y en el oyente, acaso el mismo efecto de la música, de la melodía?

- Pareciera que a partir del siglo XVII, la rotura de lo meramente narrativo que imperaba en el poema épico o el teatral, hubiese creado una separación entre el signo y sus valores, afectando nuestras sensibilidades de manera tal que ahora el poema nos conduce a una certeza de la fragilidad existente en la propuesta de realidad que hace el comercio y las ideologías. La poesía, el acto de ejecutar el poema, quiebra la verdad de las asociaciones que nos vende el mundo contemporáneo. La poesía ofrece imágenes del mundo, ni contradictorias ni univocas, que son la otra realidad, ni verdadera ni falsa, pero otras realidades. Unos saberes y conciencias de que la llamada realidad es apenas una creación del sujeto, de nosotros que deseamos el mundo…La poesía entonces es uno de los instrumentos mas eficientes para abolir aduanas, para derruir lugares de observación y vigilancia, para derribar las costumbres y las modas y nos hace entrar en una verdadera comunión entre las palabras y los hechos, las palabras y lo que ellas nombran…

- Pero si la realidad es una falacia cómo es que usted es un poeta de la experiencia, de la memoria de una realidad no conocida, ficticia...

- Tampoco debe olvidar que nada hay más artificial que la escritura. Escribimos porque somos entrenados en ese artilugio que pretende asir la realidad, como recuerdos o como actos del presente. Pero para poder transmitirlos y hacerlos poesía hay que crearlos, extraerlos de la manga del mago, del demiurgo, del poeta. Cuando hablamos de poesía de la experiencia no hablamos de contar lo que le ha pasado a uno, de una suerte de cotilleo de la vida nocturna de ayer, de las posturas amorosas del año pasado, poesía de la experiencia es escribir un poema donde la voz que se escucha cuando se ejecuta el poema sufre la vida, padece la existencia, hace sentir el recuerdo del placer o el dolor de las separaciones… Algo así como decía ese poeta inferior llamado Auden, la poesía de la experiencia es un anteproyecto verbal de la vida pasada o por vivir…

- Ahora hay en España muchos jóvenes poetas que le admiran, pero hay muchos más que le imitan…

- Es lamentable, eso no existía en mi juventud. Nosotros no aspirábamos al éxito social con la poesía, era otra cosa. El mundo editorial ha cambiado la condición de los poetas, hoy es posible ganar fama y fortuna y seguir siendo muy mal poeta, hay cientos de premios, de concursos, de verdaderas canonjías, que terminan por fomentar gildas poéticas, camarillas mafiosas…Y ciertamente es una vergüenza que haya tanto admirador suelto por allí. Al principio me halagaba oír que me citaban por la radio o alguien se acordaba de un poema o una línea mía, pero una cosa es la gente o el lector común y otra el gremio de los poetas y los escritores profesionales, aduladores de oficio…

- Mil gracias, querido y admirado poeta…

- De nada don Haroldo, de nada…

jueves 22 de octubre de 2009

Para una Izquierda Lacaniana


El autor propone una praxis de izquierda fundada en “el pensamiento de Jacques Lacan, única teoría materialista sobre el malestar del siglo XXI”, y sostiene que “la enseñanza de Lacan puede iluminar lo que aún permanece impensado: la derrota, a escala mundial, del proyecto revolucionario de izquierda”.



Por Jorge Alemán 


La expresión “izquierda lacaniana” reúne términos que no han surgido en principio para estar juntos, lo cual abre una cuestión sobre la legitimidad de su vinculación. Salvando las distancias, es como cuando en Europa decimos “izquierda peronista” y de inmediato se multiplican las suspicacias. Intentaré determinar en qué puede consistir lo que llamo una izquierda lacaniana.
¿Qué significa ser de izquierda en el siglo XXI? ¿Qué valor tiene la expresión y qué tipo de compromiso designa cuando el relato histórico que dio lugar a la misma se ha desvanecido tanto en su praxis teórico-política como en su eficacia simbólica para otorgar un principio de legibilidad sobre lo que es la realidad? Ninguna realidad por consistente y hegemónica que se presente, como por ejemplo es el capitalismo actual, debe ser considerada como definitiva (es cierto que, actualmente, para no considerar definitivo al capitalismo es necesario hacer un gran esfuerzo, ahora que, en su amalgama con la Técnica, ha logrado poner todo el “ser de lo ente” a disposición para emplazarlo como mercancía). Ser de izquierda implica insistir en el carácter contingente de la realidad histórica del capitalismo.
No se puede hablar de “lucha anticapitalista” porque el discurso capitalista que plantea Lacan no ofrece un punto desde donde se pueda localizar el sitio donde efectuar el corte. El discurso capitalista le confiere a la realidad una conexión de lugares capturados en un movimiento circular con respecto al cual una lucha directa es un absurdo lógico, un absurdo como luchar contra la técnica o el rizoma. A su vez, la salida histórica es irrepresentable, porque tal vez convenga dejar por ahora vacío el lugar que surgiría más allá o después del capitalismo. Cualquier definición reinscribiría ese lugar en un sentido ya consumado históricamente. No hay una semántica “anticapitalista”, hay siempre una tensión hacia un significante “nuevo” y aún por descifrar.
Por otro lado, no hay una historia de la humanidad que necesariamente fuera a desembocar en el capitalismo. En este aspecto, entendemos por capitalismo algo diferente a una evolución progresiva de los “modos de producción”; más bien se trata de una serie de bifurcaciones históricas contingentes que han entrelazado de modo inestable la técnica, la mercancía, el saber, en aquello que denominamos el relato moderno. A su vez, el relato moderno es una categoría narrativa, más que un orden histórico perfectamente delimitado. Ahora bien, es propio de cierta tendencia historicista transformar un acontecimiento, por el solo hecho de haber sido posible, en necesario. Esta tendencia la reconocemos cuando, frente al hecho acontecido, se explican los antecedentes que, “inevitablemente”, conducían al mismo.
De cualquier modo, aun cuando la salida del capitalismo o pasaje a otra realidad haya quedado diferida, aun cuando ese tránsito nunca esté garantizado y pueda no cumplirse, aun cuando esa otra realidad distinta a la del capitalismo ya no pueda ser nombrada como socialismo, en cualquier caso ser de izquierda es no dar por eterno el principio de dominación capitalista. Este principio de dominación, desde una perspectiva lacaniana, es primero de orden político, aunque en el caso del capitalismo es evidente que la economía juega un papel determinante. Pero no ya como “determinación en última instancia”. Hay que tener en cuenta que también el mercado está atravesado por la fractura entre lo real y la realidad, y puede dislocarse; de allí que ahora se vuelva más pregnante que nunca el “qué quiere el mercado de nosotros”.
También es necesario destacar que la dominación no pertenece exclusivamente a la época del capitalismo. Hay dominación porque el sujeto, en su propia constitución, no puede darse a sí mismo su propia representación. La barrera simbólica que lo constituye lo separa de la pulsión, pero a la vez establece una donación de un plus de satisfacción pulsional que se asocia a una serie de “mandatos”, “dichos oraculares y primeros”, “imperativos”, significantes amos que, sin representar al sujeto exhaustivamente, determinan su lugar.
La subversión de dichos significantes amos nunca se realiza en una toma de conciencia o en una destrucción crítica de los mismos. Este es precisamente el problema de la ideología en lo que podríamos llamar su fijeza fantasmática. La ideología no es una ilusión o una falsa conciencia, es una articulación entre los significantes amos que surgen fuera de sentido, como designadores del encuentro con lo real, y los objetos que el propio sujeto pierde en el acceso a lo simbólico. Una amalgama entre el significante amo y el plus de gozar que produce el taponamiento contingente de la división constitutiva del sujeto. La ideología es una articulación entre mandatos o ideales, por el lado del significante amo, y rechazos o “imputaciones al Otro” del lado de los objetos de la pulsión. Y ésta es la mezcla de servidumbre y satisfacción sádica que toda ideología, en el límite, pone en juego.
Sujeto neoliberal
Actualmente, se percibe con claridad que no sólo el totalitarismo intentó producir un sujeto nuevo, sino que también el llamado “neoliberalismo” es el intento de construir, sobre la aniquilación del sujeto moderno (el crítico, el freudiano y el marxista), un individuo autista y consumidor indiferente a la dimensión constitutivamente política de la existencia, un individuo referido sólo al goce autista del objeto técnico que se realiza como mercancía subjetiva en la cultura de masas. No obstante, no se trata de criticar o rechazar a este individuo, ni de despreciar su masividad mediática desde una nostalgia seudo aristocrática; más bien, al modo freudiano, se trata de hacer comparecer la sentencia que podemos formular así: “Allí donde el individuo neoliberal del goce autista es, el sujeto excéntrico del inconsciente debe advenir”.
El individuo neoliberal es el punto de partida para pensar cuál es la práctica operativa que se corresponde con su tiempo. Si decimos punto de partida es porque el individualismo liberal, por consistente que aparezca en su autismo consumidor, no puede clausurarse sobre sí mismo. El tiempo de su existencia establece las condiciones para que ese individuo pueda ser desestabilizado en sus propios fundamentos, y allí, en esos resquicios y puntos de fuga, es donde la práctica política que incluya al psicoanálisis debe intervenir. En este punto, se trata de tensar al límite la relación histórica entre la vocación política de izquierda y el psicoanálisis, desde el único hecho histórico que le puede otorgar fuerza a la interpelación: tanto la invención freudiana como el desarrollo de la enseñanza de Lacan se constituyen, de entrada, como una lectura sinthomática de la izquierda, una lectura de sus textos, prácticas y aspiraciones.
A su vez, ser de izquierda es pensar que la explotación de la fuerza de trabajo y la ausencia de justicia no sólo sigue siendo un insulto de primer orden hacia la propia construcción de la subjetividad, sino que la brecha ontológica en la que el sujeto se constituye, la división incurable que marca su existencia con una singularidad irreductible sólo puede ser captada, en su “diferencia absoluta”, por fuera y más allá de las jerarquías y divisiones instauradas por el poder del mercado. Por ello, el impensable fin del capitalismo, si tuviera lugar, sería paradójicamente el comienzo del viaje, el inicio de la afirmación tragicómica de la existencia, el “tú eres eso” de un sujeto por fin cuestionado, sin las coartadas burguesas que desde hace tiempo lo llevan inexorablemente a estar disponible para todo.
La izquierda marxista puede elaborar su final en el único ámbito en el que ese final puede adquirir un valor distinto al de cierre o cancelación, un final que no es tiempo cumplido, sino oportunidad eventual para otro comienzo. Ese ámbito tal vez pueda ser el pensamiento de Jacques Lacan, única teoría materialista sobre el malestar de la civilización propio del siglo XXI. El hecho de que Lacan planteara la elaboración de su discurso como una “praxis sobre lo real-imposible”, sobre un real al que no puede acceder el discurso, pero que a la vez es a través del discurso (comprendiendo en esto la escritura) que se puede acceder, esta cuestión primordial de lo real es lo que distingue su intento teórico de la hermenéutica, de la deconstrucción y de las “otras éticas”.
Considero que Lacan constituye el único intento serio de poner a prueba hasta dónde lo simbólico puede y no puede transformar, a través de una praxis, lo real. Sólo admitiendo cuáles son las condiciones de constitución del sujeto, y cómo experimenta el límite de sus transformaciones, podemos aprender sobre las condiciones, soportables o no, de una mutación subjetiva que no sea mero estupor o perplejidad y que pueda ser transmitida en su condición de experiencia. Por ello, tal vez no haya otro discurso como el lacaniano para reconocer con la mayor honestidad lo que enseña una praxis en su impotencia por modificar lo real. Y por esto mismo, el pensamiento de Lacan puede ser la oportunidad para iluminar con un cierto coraje intelectual lo que aún permanece impensado en el final: la derrota a escala mundial, a partir de los setenta, del proyecto revolucionario de izquierdas. Derrota que el saber posmoderno escamoteó para el pensamiento. En este aspecto, Lacan desde el comienzo ha preparado, a través de lecturas y puntuaciones diversas, las condiciones para que el pensamiento marxista pueda elaborar su propio final, en el único lugar donde la elaboración es posible: en el trabajo de duelo que se hace fuera del hogar, del hogar filosófico.
Lacan comenzó “deshegelianizando” el materialismo de Marx, planteando un hiato irreductible entre la verdad y el saber. Pero este hiato constituirá la ocasión de un homenaje definitivo a Marx; para Lacan, el inventor del síntoma como verdad imprevisible e incalculable que no puede ser domesticada por el ejercicio de un saber, es Marx, y no Freud. Desde esta primera perspectiva general se puede encontrar en Lacan, a partir de 1938, un desmontaje meticuloso de todos los motivos marxistas: el análisis de la mercancía incorporando la temática del goce pulsional, las distintas objeciones a la teleología histórica y a la metafísica de su sujeto, la presentación de una temporalidad problematizada con las distintas modalidades del retorno y liberada de todo fantasma utópico.
Donde tampoco se trata de “progresismo”, porque la temporalidad del sujeto que surge como resultado de la brecha ontológica no es rectilínea, es un “futuro anterior” que reúne de un modo absolutamente específico los éxtasis temporales del pasado, presente y futuro, en una doble conjetura: lo que “habré sido” para “lo que estoy llegando a ser”. Y no se trata de utopía, porque utopía siempre implica la reconciliación final de la sociedad consigo misma. Por último, la izquierda lacaniana debe subvertir la semántica de la revolución. Una izquierda lacaniana es siempre una reescritura de un legado y una herencia, un desciframiento que establezca y pruebe suerte con un nuevo tipo de alianza con la pulsión de muerte inscrita en el modo en que la civilización acontece en el país.
Una de las primeras posiciones de Lacan es no admitir el telos histórico del materialismo marxista, ni los movimientos dialécticos del en sí-para sí, pero sí dar todo su valor de verdad a la plusvalía estableciendo una compleja homología con lo designado por Lacan como “plus de gozar”: el verdadero secreto del capitalismo reside en una economía política del goce. La operación fantasmática a través de la cual el sujeto conquista su realidad y su consistencia toma su punto de partida en ese plus de gozar que funciona incluso en condiciones de miseria extrema. De lo que se despoja a las multitudes es de los recursos simbólicos que permitan establecer e inventar en cada uno el recorrido simbólico propicio para el circuito pulsional del plus de gozar. La miseria es, en este sentido, el estar a solas con el goce de la pulsión de muerte en el eclipse absoluto de lo simbólico. La no “satisfacción de las necesidades materiales” no sólo no apaga el circuito pulsional, sino que lo acentúa de modo mortífero. En este aspecto, el capitalismo, al igual que la pulsión, es un movimiento circular que se autopropulsa alrededor de un vacío que lo obliga siempre a recomenzar, sin que ninguna satisfacción lo colme de un modo definitivo. Aunque siempre realice un plus de goce parcial y excedente a toda utilidad. Para una izquierda lacaniana, pensar las consecuencias de esa “parte maldita” en los procesos de subjetivación es una exigencia política de nuevo cuño. Por ello, si es cierto que actualmente el poder ha devenido biopolítico, tomando para sí como asunto esencial la “vida” biológica, en una perspectiva lacaniana agregaríamos que, tratándose de la vida de los cuerpos parlantes, sexuados y mortales, es la vida del plus de gozar. El cuerpo del parlante no es otra cosa que la sede del plus del goce. Series televisivas de médicos, forenses, operaciones televisadas, programas de salud, en todos los casos se intenta capturar, en la época en que la ciencia quiere borrar la frontera entre el ser parlante y el animal, el plus de gozar que anima a la biología del cuerpo. ¿Podrá la técnica volver el plus de goce una unidad discernible, cuantificable, localizable? No es una paradoja menor que el goce pulsional sea la única “autonomía” (no consciente ni reflexiva) que le queda a la existencia parlante frente a la exigencia técnica de que el mundo devenga imagen.
* Extractado de Para una izquierda lacaniana. Intervenciones y textos, de reciente aparición (ed. Grama).

jueves 8 de octubre de 2009

Julio Cortázar a Fredi Guthmann

Carta. París, 6 de junio de 1962



He pensado mucho en vos en estos últimos tiempos, porque mi próximo libro, que se llamará Rayuela y se publicará –if we are lucky– a fines de año, va a ser el libro donde me vas a encontrar a fondo, donde vos y yo hemos dialogado muchas veces sin que lo supieras. No es que seas un personaje de la obra, pero tu humor, tu enorme sensibilidad poética, y sobre todo tu sed metafísica, se refleja en la del personaje central. Por suerte no hay nada de autobiográfico en ese libro (salvo episodios de mis primeros dos años en París), pero en cambio he puesto todo lo que siento frente a este fracaso total que es el hombre de Occidente. Contrariamente a vos, el personaje central no cree que por los caminos del Oriente se pueda encontrar una salvación personal. Cree más bien (y en eso se parece a Rimbaud) que il faut changer la vie pero sin moverse de ésta. Entrevé esa vieja sospecha de que el cielo está en la tierra, pero es demasiado torpe, demasiado infeliz, demasiado nada para encontrar el pasaje. Todo eso se mezcla con episodios que van mostrando lo que le pasa en este mundo a un tipo que pretende ser consecuente con esas ideas.


Un raro argentino: Fredi Guthmann


En busca de Fredi Guthmann

Es uno de los "raros" -tal como entendía esa palabra Rubén Darío- argentinos, un poeta exquisito, poco conocido y de una personalidad magnética. Atraído por el exotismo del Oriente, fue viajero contumaz y navegante solitario. Amigo de André Breton y Antonin Artaud, miembro de la Resistencia, integra con Xul Solar, Leonor Fini, Alberto Greco y Jacobo Fichman, la reducida hueste de los personajes más extraños y, a la vez, más fascinantes de la cultura nacional.


En busca de Fredi Guthmann

"...pero nosotros estamos del otro lado, en ese territorio libre y salvaje y delicado donde la poesía es posible y nos llega como una flecha de abejas..." 
                                                                                                                              Julio Cortázar, carta a F.G., 24-9-1963
"SIEMPRE me pareció ver en usted (¡y lo he conocido tan poco y tan mal!) una situación muy clara y definida, como la del hombre que a mitad de la vida se ha quitado ya de encima todo o casi todo lo accidental, lo transitorio. Incluso su tendencia a desplazarse, a ir de un lado a otro, me pareció un afán de no enraizarse (...) Simplificación, y a la vez enriquecimiento". ¿Quién es ese "usted" -más tarde será "vos"- que concita tanta devoción, y quién el devoto que la exterioriza aun a pesar de confesar su imperfecto conocimiento?
Es el "querido Fredi" que encabeza esa carta sin fecha, escrita aproximadamente a fines de 1949 por el casi desconocido Julio Cortázar. Su nombre es Alfredo Guthmann, Fredi, hombre secreto, de varios mundos, constantemente inquieto e incansablemente generoso. Cortázar tiene sólo tres años menos que él. Más tarde, ya famoso, le anuncia (6-6-1962) que, en su próximo libro, Rayuela, el personaje central, sin ser un remedo del lejano amigo, tendrá su humor, su enorme sensibilidad poética y, sobre todo, su sed metafísica.
Invitación al viaje
Fredi no ha cumplido 40 años y ya registra en sus carnets viajes exóticos y legendarias amistades. A los 17, en 1928, ha sentido el toque de la poesía y ha comenzado a escribir. Por entonces emprende su primer viaje hacia un destino poco habitual: Yugoslavia. Manos rapaces lo despojan de sus francos. Ni cheques del viajero ni tarjetas de crédito lo socorren. No circulan entonces. A la espera del giro familiar, se ve obligado a dormir entre tumbas, en un cementerio.
En 1930 realiza el viaje soñado por pintores y poetas, el viaje a "las orillas dichosas", a "los encantadores climas", según las frases de Baudelaire en su poema "Parfum exotique". La ansiedad de evadirse del mundo conocido y de buscar otros, lejanos y prometedores, se vislumbra ya entre algunos hombres del siglo XVIII, pero se expande entre los románticos y lo prolongan los simbolistas. Piénsese en el Cercano Oriente del vizconde de Chateaubriand y Percy Bysshe Shelley, en la España de Théophile Gautier, el Egipto de Gérard de Nerval, la Italia de Alphonse de Lamartine y de Stendhal, la Grecia de Lord Byron, entre tantos otros destinos deseados por escritores del romanticismo.




El velero en el que surcó los océanos
Fredi Guthmann no elige "la lánguida Asia" ni "la ardiente Africa" , sino las paradisíacas islas de la Polinesia Francesa, en Oceanía. Se va a Tahiti, todavía incontaminada, donde habían estado también Herman Melville y Paul Gauguin. Es un período de gran fertilidad poética. Entre 1931 y 1932 atraviesa solo el océano en su propio velero. Lo aclaman como victorioso deportista en la estela de Alain Gerbault y nuestro Vito Dumas. "Ven en ello una hazaña -comenta-, es decir, no entienden nada". El no aspira a la popularidad ni ansía competir. Otro sentido -existencial y hasta metafísico- tienen sus itinerarios.
Entre 1933 y 1939, va a París y, de nuevo, a Buenos Aires y a Tahiti. En uno de esos viajes, navegando esta vez con dos australianos, un naufragio lo encara con la muerte. Sensación nueva y fuerte. Pero sobrevive, y se libra asimismo de los riesgos que lo acechan entre feroces caníbales de Nueva Guinea. Indudablemente, el peligro ejerce en él irresistible atracción. Es un desafío, quizá una ordalía. En 1938 va a China y a Japón. Durante la guerra mundial se hace aviador e integra, en Buenos Aires, el Comité de Gaulle, sucursal de la Resistencia en la Argentina, cuya tarea es luchar contra nazis y colaboracionistas.
Sus desplazamientos llegan a la cima en 1950 con su primer viaje -o peregrinación- a la India. Lo acompaña Natacha Czernichowska, su devota esposa y compañera desde 1949. Así como los caballeros cristianos, exponentes de un mundo más armonioso que el nuestro, solían buscar la paz en la quietud conventual, después del ajetreo de la vida, Fredi Guthmann, desengañado de un Occidente desacralizado, materialista, capaz de atrocidades contra el ser humano y su ámbito natural, busca las fuentes de purificación en Oriente.
Durante dos años vive en los Himalayas. Su visita al ashram del Maharishi, en momentos en que éste agoniza, le depara experiencias imborrables. No acaban sus viajes -efectúa varios a Chile-, pero, en sus últimos años, su departamento de Mar del Plata se convierte en refugio del contemplativo, dedicado a la lectura y meditación de los grandes místicos y de científicos como Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger, los que, por distintas vías, han llegado a coincidir, según él, con aquellos.

Amigos y amigas
Como sus viajes, también sus amistades fueron una busca constante de sí mismo, además de ser un ejercicio de la generosidad. Es éste un capítulo riquísimo de su aún no escrita biografía. A los 22 años conoce en París a André Breton. El jefe absoluto del surrealismo está resuelto a patrocinar la publicación de los poemas del joven argentino que escribe en francés, pero éste la juzga prematura.
También en París conoce a Antonin Artaud, poeta y actor, compañero, por un tiempo, de los surrealistas. Adicto a los alucinógenos, evadido de la realidad y al borde de la locura, pasa diez años internado en Rodez, donde Fredi Guthmann va a verlo. Benjamin Fondane, poeta francés de origen rumano, autor de Chanson de l`émigrant, en cuyos poemas se escucha el eco de los cautivos de Babilonia, es otro de los amigos de Guthmann. Durante la guerra, éste le brindará protección. Extranjero y miembro de la resistencia, Fondane es denunciado por la portera de su casa parisiense y halla la muerte en el campo de exterminio de Birkenau. El autor de Rimbaud le Voyou y de Baudelaire ou l`expérience du gouffre, le ha propuesto, a su vez, publicar sus poemas en la colección G.L.M. Pero el libro no llega a editarse. Guthmann traba amistad con otro rumano radicado en Francia, el ensayista Emile Cioran.
En sus años de Buenos Aires, frecuenta a Oliverio Girondo, a Eduardo Mallea, al editor Domingo Viau, al erudito y músico Daniel Devoto, a Ariel Maudet, director de la Alianza Francesa. Y asimismo, a Julio Cortázar, de quien emprendió la traducción al francés, finalmente inconclusa, de Los reyes; al surrealista Aldo Pellegrini, al musicólogo Jorge D`Urbano, al experto en arte Luis M.Baudizzone, al editor "Paco" Porrúa, que lo visitaba a menudo en Mar del Plata, lo mismo que el poeta Rafael Felipe Oteriño. Lo frecuenta también el malogrado poeta Miguel Angel Bustos, entre otros.
En Montevideo conoce a Georgette Gaucher, poeta y profesora del Liceo Francés. Con esta admirada amiga intercambia una valiosa correspondencia. Allí traba amistad con dos grandes pintores uruguayos: Joaquín Torres García y Pedro Figari. Organiza las primeras exposiciones del primero en Buenos Aires y una muestra del segundo en París. En la capital francesa, en la galería de su amigo Pierre Loeb, conoce a Picasso; en Italia, al yugoslavo Zoran Music, algunas de cuyas bellas litografías atesora Natacha Guthmann en su departamento de la avenida Santa Fe.
Viajes y amistades no apartan a Fredi Guthmann de la poesía. Arthur Rimbaud lo ilumina. Desde su adolescencia, la poesía ha sido permanente actividad, pero ni Breton ni Fondane, como se ha visto, lograron que el autor accediera a publicarla. Ya en su ancianidad, cuando acaso el poeta hubiese consentido, no hubo oportunidad. No hace mucho, en octubre del año pasado, en el N° 6 de la revista francesa L`Ane, el crítico franco-catalán Louis Soler dedicó a la poesía de Guthmann, aún inédita, y a su atrayente personalidad, un estudio notable. Se refiere allí a las "imágenes percutientes y originales, de inspiración auténticamente surrealista", a "la busca de la expresión rara, metáforas lujuriantes y voluntariamente heteróclitas", al "abandono, hasta la embriaguez, a las fuerzas obscuras del lenguaje".

Oro y diamantes
Este argentino errabundo, esta suerte de ciudadano de todas partes, había nacido en San Isidro en 1911. Su padre, como tantos judíos alsacianos ricos establecidos en la Argentina cuando Alsacia fue anexada a Alemania, no deseaba que sus hijos hicieran el servicio militar en el ejército germano. En Buenos Aires, en 1890, fundó una joyería, establecida primero en la calle Esmeralda y luego en la calle Florida, frente al Jockey Club. Muerto el padre, cuando Fredi tenía dos años, la madre resolvió trasladarse a Estrasburgo con sus dos hijos. Los aguardaban allí, durante la Primera Guerra, muchas penurias.
En Francia hicieron los hermanos Guthmann sus estudios primarios y secundarios. Fredi fue el bachiller más joven del país. Era un adolescente rebelde y un alumno sin disciplina. Luego de la muerte de su adorada madre -un golpe que lo transtornó, a los 14 años-, les fue arduo encarrilarlo a sus tutores, un tío materno y un tío paterno. De todos modos, lograron que Fredi aprendiera la actividad de sus mayores, y, por un tiempo, e intermitentemente durante gran parte de su vida, se incorporó a la empresa familiar. Antes de cumplir 60 años se desvinculó de ella, y la joyería Guthmann, con un prestigio de siete décadas, cerró sus ricas vidrieras.

El final de un "raro"
Hasta 1995, fecha de su muerte, a los 84 años, Fredi Guthmann vive, alternadamente, en Mar del Plata y en Buenos Aires. Varios infartos lo privan del gusto y de la capacidad de hablar (la recupera trabajosamente) y de escribir. Siempre fiel a Bach y a Rimbaud, dos faros para él, no pierde su sentido del humor y halla en la música (en su juventud tocaba el órgano), en la lectura, en la amistad y en sus meditaciones vías para mantenerse activo y lúcido.
En una página de La vuelta al día en 80 mundos, Julio Cortázar dice que Fredi Guthmann fue "gran coleccionista y pararrayos de piantados". Puede decirse que él mismo fue un "piantado", versión porteña del "raro", según el sentido de Los raros, de Rubén Darío, en la huellas de los Poètes maudits, de Paul Verlaine, aunque con denominación menos ominosa.
Si hubiera que hacer una lista de "raros" argentinos más o menos contemporáneos -en la que no podrían faltar Jacobo Fijman, ni Xul Solar, ni Alberto Greco, ni Leonor Fini, ni Sesostris Vitullo, ni Arturo Alvarez (la lista de "piantados" siempre está abierta)- le correspondería al extraño, inquieto y multifacético Fredi Gutmann un lugar intransferible. Resta ahora descorrer el velo de su poesía. Los que conocemos sus originales, no dudamos de su valor. La publicación, finalmente, sumará a las letras ¿francesas, argentinas? -he aquí otra cuestión, otro problema- la obra de un escritor hasta hoy desconocido y aún con fuerzas para volver a sorprendernos.

FUENTE: Jorge Cruz - Para LA NACION - Buenos Aires, 1997 



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